26.7.13

107.

El miércoles pasado tuvo lugar en Santiago -ciudad a la que le tengo un cariño especial por muchos motivos- un trágico accidente de tren que se cobró la vida de muchas personas y que arrebató la alegría a sus familiares y amigos. 

Ayer fue el Día de Galicia, el día de nuestra tierra, pero la mayoría nos despertamos con una sensación extraña en el cuerpo, una sensación muy difícil de definir. Yo había pasado apenas un par de horas antes por esas mismas vías y me enteré de lo sucedido poco después de llegar a casa, desde ese instante un nudo se quedó instalado en mi interior. 

Poco a poco van llegando noticias de personas más o menos cercanas que tenían un familiar o amigo que viajaba en ese tren... Cualquier mensaje o palabra ahora se quedan cortos. Simplemente me gustaría lanzar un poco de luz y ánimo para todos en estos momentos y, sobre todo, apartar de una vez todo ese morbo y oportunismo que ha surgido utilizando como excusa la desgracia de otros. Creo que todo eso no es necesario, que no todo vale y me parece una falta de respeto imperdonable. Prefiero quedarme con la lección de solidaridad (siempre desde el anonimato) que ha dado una vez más el pueblo gallego y con el calor y los valores humanos que están por encima de todas esas imágenes sensacionalistas y frívolas que no dejan de repetir.


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