27.1.14

126.

Hace años trabajé en una biblioteca municipal. Yo era intérprete de Lengua de Signos y, entre otras labores, los fines de semana tenía que interpretar las sesiones de cuentos infantiles a esta lengua para que las personas sordas pudiesen acceder a esta actividad en igualdad de condiciones que el resto. 

Normalmente yo me situaba en una tarima, al lado del narrador del cuento y me dirigía a los niños que estaban sentados enfrente, en el suelo. Un día, noté la mirada de una niña que no dejó de observarme durante todo el cuento y, por un momento, me pareció como si allí sólo estuviésemos ella y yo. Al terminar, bajé de la tarima y, como era habitual, me quedé un ratito por la sala echándole una mano a mis compañeras mientras los padres y los niños escogían los libros que se iban a llevar para casa... De repente sentí que alguien me cogía de la mano, miré hacia abajo y allí estaba ella mirándome con sus preciosos ojos verdes. La saludé: 'Hola' - y le sonreí. Con una voz que casi parecía un susurro me devolvió el saludo y me preguntó: '¿Cómo te llamas?' Le dije mi nombre y le pregunté el suyo. Me respondió: 'Candela'. Le pregunté si le había gustado el cuento y afirmó tímidamente con su cabeza... No nos dijimos nada más, simplemente nos quedamos así, cogidas de la mano, durante un buen rato. 

Este es uno de los recuerdos que más huella me han dejado y que conservo intacto en mi interior a pesar de los años. A veces me cruzo por la calle con Candela aunque ya no me reconoce. Ha crecido mucho, pero sigue teniendo esa misma mirada llena de luz.

Mi amiga Ana, conocedora de esta historia, me envió hace poco un paquete por mi cumpleaños que contenía un regalo que me dejó sin palabras. Ana tiene una sensibilidad tan increíble que supo reproducir con sus manos una pequeña Candela a la que ya le he encontrado un sitio muy especial en mi casa...






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