27.3.14

134.



Recuerdo la vez que saqué mi primera foto. Era pequeña y estaba con mis padres de excursión por Ourense, visitando el Mosteiro de Oseira. Hacía muchísimo calor y, durante nuestro paseo, buscamos cobijo en su claustro y nos refrescamos en una fuente de un patio. Mientras recorríamos sus jardines escuché que mi madre le comentaba a mi padre: '¿por qué no le decimos a la niña que nos saque una foto?'. Creo que por entonces llevábamos la Kodak Instamatic que habían comprado un año antes de que yo naciese. Me explicaron cómo tenía que hacer y ellos se sentaron bajo un árbol. Miré por el visor, los busqué y me sorprendió que fuesen más pequeños que en la realidad. Entonces, disparé. El hecho de esperar a que llevásemos a revelar el carrete puso a prueba mi paciencia, pero ver la foto semanas después reflejada en un papel, no tuvo precio.

Puedo asegurar que en esa imagen no hay rastro alguno de técnica, seguramente esté mal encuadrada e incluso borrosa, pero para mí es una de las más importantes. Recoge un instante que yo guardo en mi memoria como un momento feliz.

Durante mi viaje a Berlín, aproveché también para asistir a un curso de fotografía impartido por Álvaro Sanz. Es posible que esté todo dicho y escrito sobre sus cursos y coincido con cada una de las crónicas (siempre positivas) que se pueden leer en otros blogs. Sin embargo, tras mi vuelta, yo no he podido dejar de darle vueltas a ese recuerdo con el que comenzaba esta entrada. 

Aunque durante el curso recibimos clases teóricas sobre el uso de la cámara, conocimos el trabajo de otros fotógrafos (tanto aquellos que han hecho historia en el campo de la fotografía como otros más actuales) así como los nuevos programas para el tratamiento de imágenes, yo destacaría esos momentos más improvisados en los que Álvaro nos abrió los ojos y nos dio a entender que una buena foto no requiere simplemente de una técnica depurada. Una foto es algo más; capta un instante único, cuenta una historia, transmite algo más profundo... independientemente de si ésta tiene ruido o de si el enfoque no es el más correcto.

Días después, a mi vuelta y pensando mucho en todo esto, viajé de nuevo a aquel instante de mi primera foto. A la espontaneidad de aquel momento. Y pienso, que quizás, para aprender haya que empezar por desaprender.

De todas las fotos de ese fin de semana, me quedo con la que habéis visto al principio. Ese atardecer gélido en el aeropuerto abandonado de Templehof que, para mí, es el lugar que resume el carácter de una ciudad como Berlín y de sus ciudadanos, que se alejan de lo cotidiano para sentarse en compañía de sus amigos mientras beben algo, preparan la tierra para plantar vegetales en pequeños huertos delimitados por listones de madera colocados de manera arbitraria o corren a la caída del sol buscando un momento de calma en esta especie de isla urbana reinventada.

4 comentarios:

  1. Qué bonito post!! Tengo que preguntarle a alguna de mis compis, creo que habéis coincidido en el curso de Álvaro!! :)

    un abrazo *

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  2. pero qué bonito escribes Vero!! me han encantado tus crónicas y tu recuerdo de infancia :))
    Me encantó concerte en Berlín aunque fuera muy breve. Un besotee!!!

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    1. Oh, Natalia! Muchas gracias!
      Sí, fue breve (no nos dio ni tiempo a que me quitases la fobia!) pero a mí también me encantó conocerte... ¡habrá que buscar la manera de volver a coincidir! ;)

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