2.11.14

163.

Me llama la atención cómo va evolucionando este blog. Lo empecé sin ningún objetivo marcado salvo el de dejar constancia de mis pasos en este mundo de la cerámica, a modo de bitácora personal. Me interesaba mucho observar mi evolución desde cierta distancia y por eso la iba narrando en este espacio, siempre acompañada de imágenes. Poco a poco, se han ido abriendo nuevas ventanas que no dejan de ser parte de mí. Y supongo que la suma de todas ellas es lo que después se refleja en mis piezas. Siento que todavía sigo recorriendo un camino que inicié hace cinco años. Algunos aspectos están más claros, otros continúan siendo una incógnita.

De aquella época es el texto de hoy. Como os gustó tanto la entrada que publiqué sobre las ventanas y esas historias que os comenté que me gustaba inventar, he recuperado una foto que va a su vez acompañada por un pequeño texto que escribí hace tiempo. Espero que disfrutéis de la lectura...



'¿Quién vivirá ahí? ' - era una pregunta que no podía evitar hacerse cada vez que pasaba frente a esa casa, con esa hermosa fachada modernista. Había otras en la ciudad, pero no como ésta.

Se imaginaba un pasado lustroso, repleto de anécdotas sociales y personales. Perfiló a sus habitantes: él, director de un banco en la calle principal de la ciudad y ella, la mejor anfitriona de la época. ¿Qué había pasado entonces para acabar en ese aparente abandono? Y se detuvo en la palabra aparente, sí, porque aquellas macetas con aquellas minúsculas flores le hacían pensar que alguien se preocupaba por su cuidado... Sin saber muy bien por qué, asoció la imagen de una persona regando esas flores con la idea de soledad. Estaba claro que la fachada había vivido tiempos mejores: una época blanca como esas parejas de cisnes a ambos lados de la galería, blanca como la pureza, blanca como el frío... y, curiosamente, blanca como las cortinas del interior. La vida se había detenido al otro lado del cristal, donde también se podía intuir una hilera de pequeños tiestos, todos de igual tamaño, guardando una misma distancia, que mostraban una armonía cromática con la vegetación de los azulejos del exterior. A esa persona le preocupaban los detalles, por minúsculos que fueran.

Debido a estas ensoñaciones, estuvo a punto de pasar por alto esa mano que comenzaba a abrir lentamente la ventana... allí estaba, la persona que cuidaba las flores. Se sorprendió al descubrir a un anciano que antes de comenzar el riego se había asomado hacia la calle para comprobar que no pasaba nadie. Decidió no reprimirse y, alzando la voz, le dijo:

- Tiene usted una casa preciosa, pero lo que más me gustan son sus flores.

El hombre sonrió, tenía una cara amable, poco común pero cercana, ladeó su cabeza y respondió:

- Muchas gracias. Realmente las flores eran de mi mujer, se pasaba el día cuidándolas, regándolas, hablándoles... Su deseo fue que yo hiciese lo mismo cuando ella faltase. 

Dicho esto, siguió regando como si aquella conversación no hubiese tenido lugar.

Así que esa era la historia; una casa de promesas cumplidas.



6 comentarios:

  1. Preciosa historia,muchas veces pasamos tan deprisa por los sitios,que no se nos curre pararnos a mirar esas casas con historia o esa ventana tan bonita,me ha dado mucho para pensar.
    Un beso

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias Carmen. Sí, yo también voy con prisa muchas veces pero, otras tantas, me gusta mucho soñar historias :)

      Un abrazo

      Eliminar
  2. Me encanta esa casa. Cuando pase por delante de ella, ya siempre me acordaré de tu historia :)

    +besos

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Creo que no hace mucho subiste una foto de esta casa a IG, puede ser? No me extraña, es especial...

      Un abrazo!

      Eliminar